Su vida

Relato incluido en el libro “Sapag del Líbano a Neuquén. Genealogía de una pasión” de Luis Felipe Sapag. Editorial Sudamericana.

XVII- Don Felipe contado por él mismo Felipe, Canaán y Nacira
Mi condición de hijo atenta contra la objetividad de mi semblanza de don Felipe. Por ello, la mayor parte de este capítulo consiste en la trascripción de sus relatos autobiográficos, que he captado en las charlas que mantenemos desde hace décadas y que, por su riqueza, he ido grabando para que quede atesorada su memoria.

Cuando mi padre habla de sus padres, el tono de voz adquiere un tono especial:

– ¡Mamá nos tenía cortitos, nos retaba todos los días! Pero con justicia, porque nos portábamos mal. Cariñosa hasta el extremo, trabajadora, luchadora, cortaba la leña a las seis de mañana para tener fuego en la cocina a leña, hacía el pan, ordeñaba la vaca. Cuando nosotros nos levantábamos a las siete y media u ocho, estaba todo servido con abundancia, la leche preparada, el pan calentito recién hecho. Se preocupaba para que aprendiéramos… ella sufría porque no sabía leer ni escribir, porque en Mayrouba no había escuela para las mujeres. Pero le sobraba inteligencia y se daba cuenta quién aprendía en la escuela y quién no. La cuidaba especialmente a Lucy, que era mayor que yo y le costaba asimilar los estudios; no quería que sufriera lo que sufrió ella por no saber leer. A mí me resultaba fácil la escuela, no necesitaba estudiar, no se cómo, escuchando o leyendo, pero aprendía enseguida. Entonces me exigía a mí que le enseñara a Lucy. O sea, el empuje, la fuerza para salir adelante en un mundo tan difícil como era aquel, se los debemos a mamá. Y papá puso la prudencia, la tranquilidad y la capacidad de tomar decisiones en los momentos difíciles.

– ¿Alguna vez Canaán le dio una paliza?

– Una vez, con un alambre de fardo me cruzó la espalda, ¡me la dejó hecha añicos! Tenía nueve o diez años, yo había ido de casa al negocio, que estaba del otro lado de la vía, y se me dio por robar del cajón seis pesos, en billetes de un peso. Me fui a la estación a gastar la plata. Uno de mis tíos, Eshaia, al que le decíamos Elías, le contó a papá que yo había sacado dinero. Bueno…, me buscó, cuando me encontró entre los vagones del ferrocarril, muy serio, me preguntó qué había hecho con el dinero. Yo le dije que lo había regalado, yo era muy amigo del jefe y los empleados de la estación, íbamos con los amigos a la estación y nos dejaban jugar en los vagones, así que yo le había dado la plata a esos empleados que nos dejaban subir al tren de pasajeros. Papá averiguó y, efectivamente, ellos tenían la plata. Me dijo: “¡Nunca más usted va a robar nada!”. Agarró un alambre de fardo y me empezó a fajar. Yo traté de escapar, pero me siguió y continuó dándome en la espalda con el alambre… ¡me la dejó en carne viva! Después mamá, cuando me curaba, lloraba a moco tendido y me decía: “M´hijo, no tiene que hacer más eso”, mientras me ponía no sé qué líquido en la espalda. Bueno, así aprendí yo que en las familias libanesas hay cosas que no se hacen. Una sola vez me pegó y aprendí para siempre.

– Y Nacira, ¿alguna vez lo castigó?

– No como aquella vez con papá, pero muchas veces tuve retos fuertes por las macanas que nos mandábamos. La más grave fue cuando… tío Juan era el hombre popular en Zapala, era el más divertido, jugaba muy bien al billar, jugaba muy bien al póquer, había hecho fortuna, tenía “mostrador”, como se decía antes. Iba a Buenos Aires bastante seguido y en uno de esos viajes pasó por casa a preguntar si necesitábamos algo. Yo tenía diez u once años y mí me gustaba jugar al fútbol, así que sin pedir permiso salté y dije: “Tío, yo quiero una pelota de fútbol y seis cámaras”. Mamá me retó por el atrevimiento, pero ya estaba todo dicho. Me olvidé del inflador, cosa que después fue un problema, porque cuando teníamos que inflar… En fin, cuando volvió tío Juan me trajo la pelota, imagínese la alegría. Pero mamá la agarró y me dijo: “Usted va a jugar cuando yo le dé autorización, porque no quiero que descuide sus estudios”. Y puso la pelota arriba de un aparador muy alto que teníamos en la cocina. A partir de entonces, todos los días era una lucha, yo le pedía que quería jugar, pero ella no me dejaba… me dejaba de vez en cuando, después de terminar los deberes. Una vez me había portado mal y me desinfló la pelota, o me la pinchó, no me acuerdo. Bueno, yo la saqué a escondidas, le cambié la cámara y para inflarla fue un problema, pero después de mucho preguntar, en la bicicletería y en otros lugares, me dijeron que en la estación había alguien que tenía un inflador. Me acuerdo que las pelotas tenían abierto el cuero donde estaba la válvula y había que cerrarlo con un tiento, que cuando cabeceabas y te daba justo allí te quedaba un chichón. Yo había armado un club de fútbol, que se llama Boca Juniors, y era el presidente y el dueño de la pelota –se ríe-. En esa circunstancia me acompañó Amado, jugamos contra otro equipo armado por otras familias y apostamos un cajón de gaseosas “bolita”, que eran unas naranjinas que en la boca de las botellas tenían una bolita que había que hundir para poder tomarlas. Los partidos eran a cara de perro, se compraba el cajón a medias, que valía diez pesos, y los que ganaban, como no alcanzaba para los dos equipos, se tomaban todo. Jugábamos en una cancha que había en un terreno casi en el centro de Zapala, donde ahora está el monumento al aviador Candelaria. Ese día que me robé la pelota…, cuando volví, ¡para qué!, la vieja era inflexible. Para colmo habíamos estado afuera todo el día, así que había juntado bronca. Como sabía que mamá me iba a castigar, cuando terminamos el partido me entretuve, nos fuimos a bañar al arroyo Santo Domingo, que pasaba por el bajo de Zapala, en dirección hacia el Michacheo. Llegamos todos sucios, cuando ya era casi de noche y mamá nos recibió con una sonrisa y nos dijo: “Bueno, hijos, ustedes parece que ya hacen lo que quieren, así que no me necesitan. Sáquense la ropa”. Le contestamos: “¡Pero mamá, cómo nos vamos a quedar desnudos!”. Pero estaba muy firme: “Ustedes llegaron al mundo desnudos, yo los vestí y los cuidé. Como ahora ya no me necesitan, no respetan a nadie, entonces me devuelven la ropa y se arreglan solos”. Así fue que quedamos, como Dios nos trajo al mundo, metidos en una habitación, desesperados. Varias horas después ya estábamos muertos de hambre y de frío, hasta que apareció Lucy, que nos preguntó qué había pasado. Bueno, dijo que iba a tratar de conseguir algo de comida y al rato volvió con ropa y unos sándwiches. Pero seguíamos compungidos porque mamá no nos hablaba, continuaba enojada, no conseguíamos el perdón que necesitábamos. A los dos días nos perdonó, papá miraba y se reía, con la condición de que nos portáramos bien, cosa que hicimos por un tiempo. Fue una lección inolvidable.

– Hablando de fútbol, cuando yo era chico, diez, doce años, había una cultura y un idioma distintos a los de ahora. Jugábamos al “fóbal” siempre con un esquema 2-3-5, ¡con cinco delanteros! Muy distinto a los de ahora, muy defensivos, del tipo 3-4-3 ó 4-3-3. Los defensores se llamaban bacs y los tres del medio: jas izquierdo, jas derecho y centrojas. Lo de jas era por half. El centrodelantero se llamaba centrofobal, por central forward. Además estaban los insai, por inside forwards y los güines, por wing forwards. Para comenzar el partido, el centrofobal antes de mover la pelota desde el centro de la cancha preguntaba: ¿redi?, y cuando el centrofobal contrario contestaba diez, el partido empezaba. Era una deformación del diálogo en inglés: ¿Ready? Yes. ¿En su época también se usaban esas formas?

– Sí. Redi… ¡Diez! Usábamos esas palabras sin entender su significado. Yo jugaba de centrojas, era bastante patadura, pero corría mucho.

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Felipe era, según sus propias palabras, “un atorrante” durante su niñez:

– En la época en que Elías se fue al Líbano, mamá le había hecho una promesa a San Francisco. Yo tendría cuatro o cinco años, entonces no había médicos y mamá tenía miedo de que me pasara lo de Amadito, que se había muerto de no sé qué enfermedad…, sarampión, creo. Entonces me había encomendado a San Francisco y para que se cumpliera el pedido yo tenía que vestir sus hábitos: una sotana franciscana de color marrón, con una cuerda como cinturón y con el pelo bien largo hasta los hombros. Yo era rubio, muy rubio, aunque usted no lo crea ahora, ja, ja. Además era muy pálido, casi blanco. Bueno, esa era la imagen que se había llevado Elías. Cuando volvió, ocho años después, yo era un atorrante, hecho en la calle, zaparrastroso, con los pantalones rotos en la rodilla, sucio… La cosa es que, cuando bajó del tren, lo saludé, pero él no me reconoció, por mi facha y por tanta gente que había. Al rato, cuando volvimos a casa, aparece mamá y me pega un reto: ¡cómo no lo saludó a su hermano!

Mi abuela Nacira le regaló a mamá un mechón rubio de Felipe, de aquella época, el que todavía atesora. Felipe se entusiasma con sus recuerdos:

–  ¡Qué vida llevaba! Era imparable, mamá no sabía cómo sujetarme. A la noche, cuando volvía, me bañaba en un fuentón y me cepillaba la espalda y la costra de las rodillas con unas manoplas que ella misma armaba con hilo sisal. Me hacía ver las estrellas, pero era la única forma de que la mugre aflojara. Salía limpio a la mañana, con los pantalones cortos… Entonces nos hacían usar pantalones cortos hasta los quince años, aunque no nos gustara, aunque estuviéramos en pleno invierno. Ahora la gente dice que hace frío, ¡frío era entonces! Vaya a saber por qué efecto del viento, la nieve se juntaba cerca de la estación del ferrocarril;  a veces tapaba el alambrado de siete hilos que tenía la estación. Pero para nosotros eso era diversión: no teníamos que abrir los alambres de la tranquera para entrar a la playa de maniobras, sino que pasábamos por arriba de la nieve. Para que aguantáramos el frío nos ponían una medias de lana, tan largas que llegaban hasta más arriba de las rodillas. Resultado: siempre terminaban agujereadas. Nos hacían poner unos zapatos Patria, de cuero crudo, amarillos porque no se lustraban, y durísimos, eran los únicos que aguantaban. En verano nos daban alpargatas, pero como se rompían, yo andaba casi siempre en patas. Imagínese, ¡en Zapala!, caminando descalzo por las piedras y entre la jarilla. Me llegaron a salir costras en las plantas de los pies. Con mis amigos íbamos a la estancia de Trannack, que quedaba en el bajo, hacia el sudeste. Allí, el arroyo Santo Domingo formaba unas lagunas, donde nos bañábamos todo el día. Después salíamos a atorrantear por el pueblo. ¡Las cosas que hacíamos con sus tíos y mis amigos! No las puedo contar…

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Sobre la experiencia escolar de don Felipe:

– Cuando comencé el colegio primario tuve algunos problemas, los chicos se reían de mí, porque no sabía bien el castellano. Como en casa se hablaba el árabe, yo sabía mejor el árabe que el castellano, no conocía todas las palabras y se ve que tendría acento raro. Además era un poco tartamudo. Así que me cargaban y me humillaban. A mí no me gustaba el colegio, no me sentía cómodo, el maestro nos retaba mucho. Yo al principio no aprendía nada, repetí segundo grado en la Escuela N° 3 y entonces intervino mamá. Ella era amiga del director de la otra escuela, la N° 1, el señor Reynaldo Prandi, porque participaba de los festivales que hacían para recolectar fondos. Le explicó mi problema y le dijo que se quedara tranquila, que él me iba a encarrilar. Así que me llevó a su escuela, me dio clases con mucha dedicación. Cuando no sabía alguna lección se quedaba conmigo después de hora, me hacía leer y me explicaba hasta que aprendía, siempre con buenos modales, pero muy firme. “Usted se queda acá hasta que aprende”, me decía, y empezaba a explicarme de vuelta. Bueno, ese hombre hizo que me empezaran a gustar los estudios; agarré viaje y a partir de allí fui muy buen alumno, porque tenía facilidad para aprender. Después, en tercer grado, volví a la N° 3. Cuando estaba en cuarto grado, se abrió por primera vez el quinto grado y eligieron a diez alumnos para formar la clase. Entre ellos estaba yo, así que hice los dos grados en un solo año. El sexto grado, que entonces era el último, porque había un “primero superior”, lo hice libre. El que me guió y me tomó los exámenes era el director de la escuela, que se llamaba don Mercedes Garro.

Luego de eso, Canaán y Nacira decidieron que Felipe haría la secundaria en Bahía Blanca, para lo que debió esperar casi nueve meses. Puesto que el dictado de clases era en contraestación, desde junio de ese año hasta marzo del siguiente tuvo tiempo para leer mucho y perfeccionar su ajedrez.

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Los cultores del juego ciencia se reunían en el salón del ya desaparecido Hotel Zapala, el histórico establecimiento de la señora Francisca Gil de Echeverría, más conocido como el “hotel de doña Paca”. De vez en cuando pasaba por allí don Félix San Martín, en viaje desde su estancia Quila Chanquil, en Aluminé, generalmente de paso hacia Neuquén. En esas ocasiones se alojaba y aprovechaba para jugar al ajedrez. Don Félix, quien contaba entonces con cincuenta y tres o cincuenta y cuatro años, solía buscar al joven jugador de trece años, porque era el único que le hacía fuerza. Los partidos entre tan dispares contendientes se convirtieron en verdaderos acontecimientos y convocaban a muchos observadores. San Martín era buen jugador, pero el “turquito” solía ganarle. Don Felipe recuerda:

– A Félix San Martín lo conocí porque había escrito varios libros y él mismo se encargaba de venderlos. Llevaba cada tanto algunos ejemplares al quiosco de Elías Manzour Sapag, el padre de Nayip, que era gran amigo mío y compañero de fútbol. Como a mí me interesaba la lectura y había leído uno de sus libros, lo quise conocer. Era un hombre muy agradable, muy ocurrente, muy simpático, un tipo gauchesco, con botas, bombacha, pañuelo al cuello, chambergo, grandes bigotes… A veces venía a caballo de Aluminé, donde tenía un haras de caballos finos, ¡unos caballos hermosos! Les vendió a papá y Elías un padrillo que llevaron a la estancia. Era muy amigo de mi tío Juan a través de Etcheluz, que era el caudillo político de Zapala.

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En sus años adolescentes Felipe acompañó a su padre durante las estadías veraniegas en la estancia de Covunco. Las largas jornadas campestres se grabaron en la memoria de mi padre, quien las recuerda como una de las más felices de su vida. Don Canaán se movía con eficiencia en el ambiente rural, al que amaba y sentía como una prolongación de su Líbano natal. Las plantaciones de manzanas y hortalizas, así como la crianza de ganados ovinos y vacunos, fueron actividades que pudo desarrollar sin las limitaciones de espacio de su país de nacimiento. En esas circunstancias, el joven Felipe grabó la imagen paterna de un corpulento sheikh dirigiendo un ejército de peones, caballadas y arreos, moviéndose con seguridad sobre su alazán y dominando un mundo que le parecía enorme y apasionante.

Dos hermosas anécdotas, evocadas por don Felipe, ilustran sobre aquella época irrepetible:

– Papá era un gran jinete, tenía varios caballos preferidos, que montaba uno cada día. Yo tenía unos trece años, cuando en un arreo de ovejas tuvo un accidente: el pingo metió la pata en una vizcachera, o algo le pasó que tropezó, y cayó sobre un corral de madera, que le aplastó la pierna derecha. Iba detrás de él y vi todo como en cámara lenta, quedó tirado en el suelo, muy dolorido. No sé si se quebró la rodilla o si se le salió de lugar. Los peones lo llevaron a la casa y el abuelo me dice: “Hijo, vaya a buscarlo a Montesino, que vive en un puesto a una legua hacia el norte; tráigalo que es muy buen huesero”. Lo fuimos a buscar a Montesino, que era un gaucho medio mapuche, sería hijo o nieto de alguna machi. Bueno, primero le acomodó los huesos y los tendones con la mano, a veces con movimientos lentos y a veces dando unos tirones bárbaros. Le acomodó todo y después agarró una bota de vino, de esas de cuero, la abrió y la dio vuelta, dejando la piel rugosa, la pella, hacia fuera. Con eso le envolvió la rodilla y la cosió con mucho cuidado, bien apretada. Pidió una docena de huevos y yo no sabía para qué eran. Los rompió y con la clara empapó bien el cuero, después lo puso al abuelo debajo del alero de la casa, de forma que las piernas quedaran al sol. Cuando el calor apretó, el cuero se fue encogiendo en la medida que la clara se iba secando. Bueno, le quedó una armazón mejor que un yeso hecho en el hospital. Como a la semana apareció mi hermano Elías, que cuando se enteró se enojó mucho. “¡Cómo no avistaste, mirá si papá queda mal de su rodilla!”, me dijo. Yo quedé muy preocupado, pero después, cuando lo revisó el médico en Zapala, lo encontró perfectamente, como si no le hubiera pasado nada. El abuelo nunca tuvo problemas en toda su vida con esa rodilla, así que Montesino había hecho bien las cosas. Tiempo después los hijos de Montesino fueron grandes compañeros de la familia; cuando Elías empezó a viajar hacia Cutral Co, siempre lo acompañaba uno de ellos, que también se radicó en la zona.

Otro hecho que Felipe guarda como ejemplar de la figura y la personalidad de su padre, también acontecido en Covunco:

– Papá aprendió a trabajar la piedra en el Líbano y era muy buen constructor. Cuando yo tenía quince años, en el campo de Covunco se necesitaba un canal de casi cuatro kilómetros para regar una parte del campo. Él lo hizo con sus propias manos y con la ayuda de la peonada. El canal todavía está en servicio y lo construyó llevando el nivel con el agua, tomando como referencia la toma del río. Cuando se encontraba con un bajo o cuando pasaba por una ladera, tenía que afirmar el terreno y formar el canal con piedras que sacaba de una cantera de por ahí cerca. Con maza y cortafierro le daba forma a cada uno de los bloques, hacía que calzaran uno con otro perfectamente y sin cemento. Traía los grandes bloques de piedra y con la masa los tanteaba para averiguar por dónde los rompía… tenía una habilidad bárbara. Una vez sus ayudantes no podían partir una piedra muy grande, de más de un metro de ancho, le daban de a tres con las mazas, pero no había caso, no se rompía. “A ver, déjenme a mí”, dijo el Viejo, que en aquella época tendría unos 50 años. Tengo grabado ese momento. Los muchachos lo miraban medio riéndose, porque si tres a la vez no pudieron… Bueno, papá se arremangó, agarró la maza, le fue pegando golpecitos a la piedra mientras la caminaba alrededor, hasta que se afirmó y le empezó a pegar despacio pero rítmicamente, como sobándola. Entonces se quedó quieto, levantó la maza y sacó un grito, un alarido que le salió bien de adentro. Tres golpes, uno tras otro en el mismo alarido, cada uno parecía más fuerte y sonaban como disparos de arma de fuego. ¡Al tercero la piedra se rompió en varios pedazos! No me olvido jamás, se dio vuelta y les dijo a los peones, riéndose: “Gracias a Dios, hoy me gané el asado”.

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Felipe hizo los estudios de Perito Mercantil entre los años 30 y 32 en el internado del Colegio Don Bosco de Bahía Blanca. Era buen alumno, pero tenía problemas con su tartamudez, que se incrementó en la secundaria por la inseguridad que le produjo el alejamiento de sus padres:

– Mi problema con la tartamudez era grave. Casi no podía participar en las conversaciones. En el aula era distinto; cuando teníamos que dar una lección, nos hacían parar al lado del banco para hablar. Yo estudiaba siempre a fondo las lecciones y me costaba empezar, pero cuando arrancaba no paraba. Se ve que era un problema psicológico, porque si hubiera sido algo físico no hubiera podido hablar bien en ninguna circunstancia. Un salesiano, Feliciano López, muy simpático, muy protector, era el encargado de controlar el orden en el colegio y además enseñaba álgebra. Un día trajo un montón de piedritas redondas; me explicó que íbamos a intentar el mismo tratamiento con que Demóstenes, un gran orador del parlamento griego, se había curado de la tartamudez. Tenía que meterme las piedras en la boca y leer algún libro, me decía que leyera despacio, que no me apurara. No sé cómo, pero con las piedras no tartamudeaba. Me hacía practicar todo los días y de a poco fui dejando las piedras para hablar. En dos meses se me fue la tartamudez para siempre.

Comenté:

– Demóstenes se hizo famoso por sus “filípicas”, sus discursos contra Filipo de Macedonia. No sabía que también iba a ser responsable de que un tal Felipe, muchos siglos después, podría hacer sus “filípicas” sin tartamudear gracias a su método -risas-.

A partir de entonces, sus estudios avanzaron sin dificultades y sus problemas de inseguridad y falta de autoestima quedaron atrás. En oportunidad de que los sacerdotes llevaron a los alumnos a presenciar un torneo de ajedrez, Felipe observó un partido entre dos de los mejores tableros de Bahía Blanca. Cuando terminó el partido, que resultó en tablas, se atrevió a darle una lección a uno de ellos:

– Uno de los jugadores se quedó estudiando la partida. Le dije: “Usted pudo ganar en la jugada número tal”, ahora no me acuerdo cuál era, “si movía la torre de tal manera, era mate en tres”. El tipo me miró, rearmó el tablero y se dio cuenta de que yo tenía razón. Ahí mis profesores y mis compañeros vieron que tenía habilidad para el ajedrez, me pusieron en el equipo del colegio y los del club me empezaron a invitar para ir a jugar.

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En su segundo año en Bahía Blanca, ya con quince años, tuvo un accidente que le deformó la cara. Lo cuenta así:

– Era un partido de fútbol medio áspero entre dos cursos que nos teníamos “pica”: los del bachillerato contra nosotros, los peritos mercantiles. Por ahí yo lo “cepillé” medio fuerte a uno, caímos juntos, se levantó antes que yo y de bronca me dio una patada que me rompió la nariz. Los curas no le dieron importancia, aunque a mí me dolía mucho. A los dos días la cara se me hinchó toda, tenía una infección muy fuerte. Me tuvieron que internar, estuve tres días en el hospital y después tuve que quedarme un mes en reposo en un departamento que tenía el colegio. Me curé, pero me quedó una cara horrible, el tabique de mi nariz había desaparecido y sólo me sobresalía la punta de la nariz. La gente me miraba como espantada. Los curas no les avisaron a mis padres -al contarlo, su gesto reflejaba el disgusto que, 75 años después, aún sentía hacia aquellos desaprensivos sacerdotes-. Además de quedar feo, no podía respirar bien. A partir de allí me llamaron el “Ñato”, sobrenombre que me quedó para siempre, a pesar de que me operé unos años después. En Buenos Aires me pusieron una prótesis de marfil. No quedó muy linda la ñata, pero por lo menos pude respirar mejor y no era tan ridícula.

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En 1932 la situación económica familiar era mala y Elías se aprestaba a la aventura de Cutral Co, la esperanza para encontrar salidas. Las circunstancias motivaron que, apenas recibido el título intermedio de Tenedor de Libros, Felipe se viera obligado a dejar sus estudios, para acompañar a su hermano mayor al Barrio Peligroso, un año antes de la fundación oficial del pueblo que se llamaría Cutral Co. A los 16 años se convirtió en su mano derecha y, como ya fue relatado, más allá de algunos inconvenientes superables, como la quiebra de la empresa Sapag y Compañía y algunos otros altibajos, con el tiempo el equipo fue prosperando, acompañando el crecimiento del pueblo.

En la sociedad de Elías y Felipe, el primero era el emprendedor, el que iniciaba los negocios y el que los  fundía o los conducía al éxito, mientras Felipe lo complementaba, ordenando las cosas y llevando prolijamente la contabilidad. Su aporte no era sólo el trabajo de oficina, pues pronto se convirtió en un hábil carnicero, aprendiendo el arte de Miguel Majluf, un libanés que Elías conoció en Zapala. Cuando Majluf se alejó para abrir su propio negocio, Felipe se hizo cargo del manejo de la carnicería, para lo que se levantaba a las cinco de la mañana, sin faltar nunca a sus obligaciones.

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En el verano de 1938 se produjo un hecho muy divertido en el despacho de carnes de los hermanos Sapag:

– Había llegado una tribu de gitanos a Cutral Co, que se habían instalado con sus carpas y sus camiones del otro lado de la calle Circunvalación, la que separaba a Cutral Co del Octógono. De vez en cuando venían a comprar carne. Una vez entraron varias gitanas, con sus típicos vestidos de sedas y telas trasparentes. Entre ellas había una chica alta, muy linda, que pidió probar unos salames que se mantenían frescos dentro de una campana de vidrio sobre el mostrador. Yo le di permiso y cuando se inclinó para cortar un pedacito,  se le abrió el vestido y pude verle las tetas, que me gustaron porque eran grandotas. Bueno, ella se dio cuenta, o yo debo haber dicho algo, no me acuerdo, entonces pensó que yo no iba a decir nada si cortaba otro pedazo. Vuelta a agacharse y mostrar todo, entonces amagué a tocarla. La gitana pegó un grito: “¡Ah, ¿te gusta?, entonces tomá!”, me dijo. Se levantó la blusa, se agarró las tetas con las dos manos y las apretó. ¡Salieron dos chorros fortísimos de leche que me empaparon de arriba abajo! Me escondí debajo del mostrador, mientras toda la gente se mataba de risa. Cuando me levanté, la gitana me estaba esperando, me apuntó y otra vez me llenó de leche. ¡Qué vergüenza! Tuve que aguantarme las cargadas durante mucho tiempo.

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Felipe no fue jugador, distinguiéndose en ese aspecto de los demás varones de la familia, que gustaban de apostar a lo que fuera, fuera poquer, caballos o pase inglés, manteniendo la tradición adquirida en el antiguo Canaán, la región en donde se inició la era neolítica, se creó la alfarería, se desarrolló la navegación de alta mar, nació el alfabeto y se inventó la timba.

La vocación de mi padre por el juego se canalizó a través del ajedrez, que a los noventa años sigue jugando magistralmente. En los años 40, en la comarca petrolera se formó un equipo de jugadores de gran nivel, capaz de derrotar a sus contendientes de la ciudad de Neuquén, con quienes existía una fuerte rivalidad. Los encuentros entre ambos bandos eran seguidos con mucha atención en Cutral Co y Plaza Huincul, en donde los lances se vivían con pasión casi futbolera. La gente de la capital no ocultaba un aire de superioridad respecto de la cultura de la ruda actividad petrolera. La comunidad de Cutral Co y Plaza sentía ese tufillo elitista y por ello los campeonatos de ajedrez eran importantes para demostrar que los petroleros tenían iguales o superiores capacidades intelectuales. Cuando les tocaba el rol de locales, los encuentros se realizaban en el amplio y moderno salón de fiestas del Campamento Uno.

Uno de aquellos lances tuvo un final apasionante: luego de jugados tres partidos, el grupo local llevaba medio punto de ventaja y restaba el último match. No por casualidad el último jugador era Felipe, el mejor de la zona, quien debía enfrentar a Rolando Haltrich, el campeón de Neuquén. Los de la Confluencia daban por hecho que Haltrich ganaría fácilmente, mientras que los locales tenían la esperanza de que Felipe diera una sorpresa. Varias decenas de personas presenciaron en silencio el desenlace, celebrando con murmullos las jugadas más importantes. La partida comenzó mal para mi padre, quien perdió un caballo y un alfil, pero su posición no era mala y pudo defenderse. Luego de tres horas el partido entró en un punto muerto, con Felipe ofreciendo tablas y Haltrich rechazándolas reiteradamente, porque ello significaba que su equipo perdería. Cuando finalmente éste se resignó, la tensión se descargó con aplausos y algunos alaridos al estilo petrolero. El equipo capitalino se retiró sin saludar y sus miembros no asistieron al agasajo previsto para la noche.

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Una tarde de primavera del año 2002, bajo la parra del patio de su casa de Neuquén, rescaté los recuerdos de mi padre en una dirección interesante:

– Felipe, cuénteme cómo era la política antes del peronismo, de qué se hablaba, quiénes eran las figuras importantes. Me imagino que no debe haber sido fácil la militancia en una época que por algo se llamó “década infame”, con la represión… y además en el Territorio Nacional, cuando las posibilidades de maniobra eran todavía menores, ¿no?

– Así es. La única posibilidad que teníamos era la política municipal, porque en los Territorios se podía elegir un concejo deliberante con un presidente municipal, al que llamábamos “intendente”. Para quedar habilitado para votar, cada pueblo tenía que tener más de cinco mil habitantes. En Zapala había de antes una gran actividad política, con un personaje que sobresalía, Martín Etcheluz, un tipo fuera de serie, muy preparado y con una gran vocación de servicio. El que lo conoció más fue Amado, que siendo muy joven lo acompañó en sus últimos años.

– Tío Amado me habló mucho de Etcheluz, lo admiraba, pero creo que el tío, teniendo en cuenta las diferentes épocas, como intendente estuvo por encima de Etcheluz.

– Bueno, fueron tiempos diferentes. Amado en la intendencia tuvo más recursos. En los tiempos de Etcheluz, en los 30 y los 40, la gobernación era de chiste, no había presupuesto y no había nada, ni banco, ni regalías petroleras, ni universidad… ¡nada!, además, con todo el país en medio de una depresión tremenda. El grado de pobreza que había no se puede comparar con ninguna otra época.

– De acuerdo, pero los estilos fueron distintos. Etcheluz tenía un pensamiento bastante conservador, en cambio Amado siempre fue peronista…

– Pero no se puede comparar con los conservadores de ahora, los neoliberales. Los radicales y los conservadores eran muy humanos, también eran sensibles a los problemas de la gente, ayudaban a los necesitados en todo sentido, a conseguir trabajo… siempre tendían una mano.

– La Constitución de Neuquén es la prueba de lo que usted dice. No fue obra del peronismo, sino de radicales y conservadores; sin embargo, su contenido es muy bueno, progresista y basado en la participación del Estado en las políticas públicas… Volviendo a los años 30 y 40, ¿cómo veían la situación internacional, la Segunda Guerra Mundial, el nazismo y el fascismo?

– Y… el peronismo… Perón apoyaba a Alemania. Se la veía como una nación más pequeña pero con gran capacidad tecnológica, capaz de enfrentar a Inglaterra, Francia y Estados Unidos juntos, entonces despertaba simpatías. Todavía no se notaban los males del nazismo, no existían los medios de información como ahora… las cuestiones que hoy se estudian sobre el nazismo no estaban presentes. Así que la forma de analizar la política nacional e internacional era distinta.

– Pero usted tuvo mucha relación con el sindicalismo petrolero, donde los comunistas y los radicales tenían una gran influencia. No me va a decir que usted era medio facho…

– No, de ninguna manera. Hay que ubicarse en aquellos años, cuando de algunas cosas del presente, de los derechos humanos, del racismo, no se hablaba. No se sabía nada de lo que estaban haciendo con los judíos, por ejemplo. Nosotros interpretábamos la guerra a través de la política nacional, donde el peronismo era pro alemán. Pero era como escuchar por radio el mundial de fútbol, algo muy lejano.

– Entre sus amigos estaban todos los dirigentes comunistas de Cutral Co y Plaza Huincul, empezando por Pedro Heredia. Yo me acuerdo perfectamente cuando Juan Ortega, Octavio Campigoto, Bernardo Dúñez, Juan Romero y otros comunistas iban a visitarlo al escritorio y con el tío José se pasaban horas hablando. Usted tuvo una orientación más a la izquierda que Amado y Elías…

Heredia fue un técnico de YPF, líder del Partido Comunista, que en 1957 fue convencional constituyente. Ortega, Campigoto, Romero y Dúñez fueron miembros del PC muy próximos a mi padre y a mi tío José.

Siguió don Felipe:

– Yo tuve diferencias políticas con Elías y Amado, pero mucho después. En aquella época no había discusiones, ninguno de nosotros tenía problemas con los comunistas. Fíjese que Elías lo llevó a Heredia para que atendiera los yacimientos en Chos Malal. Estaba sin trabajo porque los funcionarios peronistas de YPF lo habían exonerado por comunista. Teníamos mucho desorden en las minas y nos hacía falta. El que pasaba más tiempo conversando con Heredia era Amado, que atendía personalmente todo lo relacionado con los minerales. Menos mal que ese hombre fue a Chos Malal, porque los técnicos que habíamos contratado antes habían fracasado. Puso orden en toda la actividad, no era geólogo ni ingeniero recibido, pero sabía mucho, tenía mucha experiencia. Después de unos años, cuando vino la Revolución Libertadora, que los comunistas habían apoyado, Heredia nos dijo que lo habían llamado para reincorporarlo, que lo comprendiéramos, que estaba muy agradecido con nosotros, porque le habíamos dado trabajo cuando lo necesitaba, pero que le convenía volver. En YPF él tenía un sueldo bárbaro y se iba a jubilar bien, además podía hacer política en un ambiente donde había muchos obreros. Así que dese cuenta, Luis, de que no todo era blanco o negro,  como todas las cosas de la política. Mire si no: los comunistas, que se suponía que eran los defensores de los obreros, apoyaban a los militares de la Libertadora.

Apunté algo de mi propia memoria:

– Me acuerdo de que en Chos Malal la firma había alquilado un hermoso chalet con un gran jardín, propiedad de Clemente Ordóñez, en donde se instalaron las oficinas de la firma y donde vivía Heredia. Era un marxista con costumbres muy diferentes a los revolucionarios más modernos, quienes suelen mostrar su rebeldía hasta en las formas de convivencia. Heredia casi siempre vestía de traje, aun cuando viajaba al campo, y siempre era muy atento y cortés.

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Con respecto a su paso por el municipio de Cutral Co:

– Mi hermano Elías fue designado Comisionado Municipal de Cutral Co en 1936. A pesar de que yo tenía apenas 19 años de edad, me designó secretario, porque confiaba en mi capacidad. En la práctica, era el administrador del municipio. Oficialmente, el tesorero era Ernesto Geimonet, pero el que llevaba la contabilidad y la caja era yo. A los libros y el dinero los guardaba en casa, en una caja de zapatos que ponía arriba del ropero, detrás de unas valijas, porque el edificio que teníamos no era seguro. Entonces se dio una situación que me dio mucha bronca (ahora me río). Resulta que poco después de que Elías se casó con Pota, Natalio Botana los invitó a un viaje por las sierras de Córdoba. Parece que alguien corrió la bola de que se había llevado el dinero del municipio, que se había pagado el viaje con la plata del pueblo. ¡Cómo un turco de cuarta iba a codearse con la alta sociedad! -risas- Me parece que había algo de envidia. Vinieron a apretarme a la oficina [Ernesto] Geimonet, [Roberto] Robles Bentham y [Fernando] Vendramini, que también eran concejales. Me preguntaron sobre las cuentas, si tenía el saldo de caja, pensando que como Elías se había llevado la plata, quedaría en evidencia el delito. Les pedí que me esperaran un poco, que ya volvía. Volví enseguida con los libros y la plata, en la caja de zapatos atada con un hilo. Les mostré las cuentas, lo que teníamos recaudado en el año por patentes, impuestos, lo que habíamos gastado y lo que quedaba disponible, todo…. Después saqué la plata, la conté delante de ellos y dio justito, no faltaba ni sobraba nada, les tapé la boca. “¿Están conformes?”, les pregunté canchero, mirándolos a los ojos. Robles se deshizo en disculpas: “Felipe, no lo tomes a mal, pero la gente preguntaba y como concejales teníamos que responder”. Insistió varias veces: “Por favor, no te ofendas, hay total confianza y todo sigue igual”. Les contesté que muy bien, pero que les entregaba todo, los libros y el dinero y que ellos se hicieran cargo, que yo no quería saber más de seguir en esas condiciones. Se quedaron helados, insistieron, pero yo no cambié de opinión. Cuando volvió Elías, me convenció para que siguiera.

– Por algo le decían “Gato Negro”, papá, porque siempre caía parado, como cuando se llevaron la caja fuerte de la municipalidad o cuando lo acusaron de haber robado los caños de las cabreadas del edificio municipal.

– Sí, pero ese sobrenombre lo tenía cuando era soltero, después mis amigos se olvidaron de él.

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En otra oportunidad evoqué la dureza del clima:

– El clima cuando yo era chico era muy duro en Cutral Co. Recuerdo los vientos… pero cuénteme usted cómo era el clima de entonces.

– Y… era bravo, fue muy bravo hasta el fin de los años 50. Calor y viento fuerte todo el día, frío a la noche. Casi nunca llovía, pero cuando caía el agua, el chaparrón duraba dos o tres días y causaba daños, porque las casas eran de adobe y las que no estaban revocadas directamente se derretían. Como al principio no había gas, la única fuente de calor que tenía la gente era la leña, que era un gran problema, porque en la zona la madera escaseaba. En Covunco y en todos los valles del interior había muchos árboles y matorrales, pero en Cutral Co nada más que una jarilla rasposa. Por eso Zapala tuvo desde el principio casas de material, porque había suficiente madera para quemar los hornos de ladrillos. En Cutral Co no había forma, porque no teníamos leña. Entonces las madres salían con los chicos a la mañana a buscar leña… como no podían ir para el lado del Octógono, buscaban hacia el oeste, justo desde donde venían los vientos. La gente fue sacando hasta la última ramita miserable y llegó un momento en que Cutral Co quedó en medio de un peladero, un inmenso manchón de color marrón de diez kilómetros a la redonda. Cuando veníamos de Zapala y llegábamos al alto del Portezuelo, se apreciaba el pueblo con las casitas miserables de color marrón oscuro, rodeadas de un desierto de color marrón más claro. Atrás, en cambio, aparecía el verde intenso de los árboles de Campamento Central y Campamento Uno. El color de los ricos era ese verde y el de los pobres era el marrón.

– Me acuerdo de que los médanos se extendían por todo el pueblo, ¡eran dunas gigantescas!

– Sí, cuando hacía viento, que siempre venía del Oeste, como la pampa estaba pelada traía arena por toneladas. Teníamos la cancha de fútbol del Club Cutral Co, en la manzana de las calles Alberdi, Sáenz Peña, Belgrano y… y… ¡San Luis! Por el espacio de la cancha los médanos encontraban camino libre. Un médano pasó por allí y se estacionó en la casa de Pío Alfredo Benito, sobre la avenida, tapándola hasta el techo. Para entrar, Pío tenía que subir al médano, pasar por arriba de su casa y entrar por una puerta del patio. Cuando paraba el viento, había que sacar los médanos con pala y carretilla, era un trabajo tremendo, de hormiga, para colmo improductivo. En vez de usar los brazos para construir o plantar…

– Me acuerdo cuando llegaron las turnapull, unas máquinas gigantescas…

Las turnapull eran equipos con un tractor que tiraba de una caja capaz de llevar hasta diez toneladas de material. Verlas trabajar fue fascinante para mí. Se arrastraban por encima de los médanos; una vez ubicadas, las dos enormes palas que conformaban su piso se abrían para cargar la arena; luego, con ruidosos bufidos, trasladaban el cargamento hasta el lugar indicado.

– Sí, aquella vez sacaron los médanos, pero el problema no se había terminado; la solución fue la instalación del gas, cosa que la gente tuviera calefacción y no necesitara salir a buscar leña. Después de que pusimos el gas, volvió a crecer la vegetación en el campo y no hubo más médanos. Fue una lucha para conseguir que YPF ayudara a hacer las cañerías del gas, pero hacia mediados de los 50 el problema estaba resuelto… en su mayor parte, porque siempre quedaba gente que recién llegaba y todavía no tenía gas. Las turnapull las mandó la gobernación, creo que eran alquiladas a una empresa constructora.

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A propósito de los médanos, una historia romántica. Don Felipe cuenta que se enamoró a primera vista de Estela “Chela” Romeo cuando la vio aparecer encima de un médano que había en la avenida del Trabajo. Cada tanto bromea:

– A su mamá le quedaba más cerca ir a la escuela, donde daba clases, por otra calle, pero como quería conquistarme me hacía la “pasadita”. Para llegar a nuestra calle tenía que pasar por un médano, aunque se le metía la arena en los zapatos.

Mi madre se defiende:

– ¡Noooo! Iba por allí porque era más agradable, por la otra calle no conocía a nadie. Además casi nunca iba sola, siempre me acompañaban otras maestras. Nos conocimos por casualidad… pero es cierto que cuando lo conocí me gustó –risas.

– Chela se ponía unas minifaldas que se usaban en aquella época, ¡y para mí fue irresistible! –más risas.

Mi madre aclara:

– Entonces estaban de moda las minifaldas, pero nada que ver con las de ahora, que dejan todo al aire. Las nuestras llegaban justo hasta encima de la rodilla.

Felipe insiste:

– Las amigas de Chela la ayudaron a “cazarme”, lo mandaban al director de la escuela, Alesio Saade, a organizar salidas a bailar o para ir al cine. Cuando entrábamos las chicas y los muchachos, Saade nos paraba y ordenaba dónde se sentaba cada uno. A mí siempre me tocaba al lado de Chela.

Mi madre sonríe y se queda callada.

 

Chela

Hablando de mi madre, la semblanza de Felipe Sapag quedaría incompleta sin la mención y la valoración de su compañera, Inocenta Estela Romeo. Hija de Luis Romeo y de Antonia Barrios, trajo su cultura a un ambiente que necesitaba perspectivas frescas. El sistema educativo nacional, con su enriquecedora ilustración, hizo un aporte positivo a la sufrida comunidad de Cutral Co. Los hijos de los primeros pobladores, en su mayoría provenientes de los puestos de cría de ganado menor, de haber permanecido en ellos no hubieran tenido los beneficios de la escuela primaria gratuita y obligatoria. Chela se destacó por su riqueza cultural, única en aquel contexto, resultado de la tradición erudita, los conocimientos y el imaginario de su padre, Luis Romeo. Por ello no se puede captar el regalo de vida, de buenos modales, de pasión por las letras y la música clásica que nos hizo mi madre sin hablar de mi abuelo materno, poeta, filósofo y literato de cuna castellana.

Nacido en 1880 en Vinuesa, un pequeño pueblo ubicado a una hora de automóvil al norte de Soria, en las montañas de Castilla la Vieja, “Papito”, como fue llamado por todos sus afectos, era un español con estilo, orgulloso de su cultura y su tradición. Conocí la casa donde había nacido, a pocos metros de la plaza central, ubicada frente a la cancha de pelota vasca, un juego que practicó durante su juventud. Al conocer Vinuesa, pude comprender por qué en su juventud eligió vivir en lugares apartados. Es una pequeña villa levantada sobre un risco, en cuyo remate subsisten los edificios emblemáticos de un pasado feudal: restos del castillo del conde, la iglesia y la plaza central, rodeados por un humilde burgo que permanece ajeno a los avances de la civilización moderna. Campos tapizados de matorrales y con pocos árboles rodean al conjunto, donde en verano pastan algunas ovejas que aún hoy, y tal como se viene haciendo desde hace siglos, durante el invierno son arreadas a los terrenos más bajos del sur y el oeste de España. No muy lejos se erigen faldeos con algunos pinos sobrevivientes de antiguas talas. Un cercano valle encierra el río Revinuesa, detenido por una represa que hiere el paisaje. Más abajo, bosques artificiales de chopos, álamos y pinos han transformado la economía de la región, que comienza a poblarse con gente de otras culturas y ruidos que, en la niñez de Luis Romeo, no se conocían.

Mi abuelo materno quedó huérfano de madre muy pequeño. La intolerancia e irascibilidad de la madrastra que le tocó en suerte lo hicieron madurar rápidamente, drama que se sumó a la pobreza de un territorio olvidado en aquella España en transición. A los 14 años emigró a la capital argentina, para trabajar de cadete en el almacén de un pariente que ya había hecho la América a medias. En esos años mozos vivió una bohemia ilustrada en el Buenos Aires de fin de siglo, que lo marcaría para toda su vida. No perdía función alguna del Teatro Colón y frecuentaba los círculos literarios de la ciudad, con el café Tortoni en la avenida de Mayo como su centro de reuniones. A los 18 años, Luis retornó a España para terminar sus estudios de docencia, apoyado por un tío y obispo soriano de apellido Pérez de la Mata. La oportunidad le permitió completar la educación formal y consolidar sus conocimientos en filosofía y literatura, que le permitieron reflexionar  y escribir sobre el sentido de la vida y la orientación de sus acciones.

Volvió a la Argentina en 1907, conservando su empuje juvenil y mucho mejor preparado que en su primera incursión. Los ideales le dictaban una nueva forma de vida, más cercana a sus orígenes marginales de Vinuesa. En su búsqueda sobre el ser y el hacer, investigó a fondo varias religiones, criticó a la Iglesia Católica e investigó otras creencias, pero nunca dejó el catolicismo entendido a su manera. En esos avatares conoció a Salvadora Medina Onrubia, con quien compartió la admiración por el budismo. Asombrosamente, en aquel Buenos Aires polifacético y bullicioso de principios de siglo se encontraron fugazmente las dos ramas de mi ascendencia: la de mi madre, representada por el Luis Romeo joven y contracultural, y la de mi padre, cuyo hermano Elías unió el árbol genealógico de los Sapag al de Salvadora.

Una circunstancia favorable le permitió al joven maestro construir su vida en la dirección deseada: algunos de sus viejos amigos del Café Tortoni habían alcanzado poder en el Ministerio de Educación y le dieron a elegir el lugar en donde ejercería su profesión de maestro. Podría haber permanecido en la capital, cerca del Teatro Colón y la efervescencia cultural que apreció toda su vida, o podría haber optado por alguna ciudad cómoda y desarrollada de la Argentina. Sin embargo, anhelaba una vida de pionero y pidió ser designado en Neuquén o en Misiones, dos de los nuevos Territorios Nacionales casi indómitos, que conocía a través de sus ávidas lecturas. De tal forma se arriesgó en un paraje al que las instituciones de la República aún no habían llegado: Santo Pipó, a la vera del río Paraná, en plena selva misionera.

Se advierten similitudes en las historias de vida de Luis Romeo y de Carmen Onrubia, la suegra de Elías Sapag. Ambos educadores fueron a enseñar a las márgenes olvidadas de la Argentina y allí encontraron sus identidades definitivas, una en la árida meseta neuquina y el otro en la densa selva misionera. No fue casualidad: ambos abrevaron en fundamentos filosóficos y éticos que cuestionaban el modernismo y que valoraban el ascetismo y el compromiso con los necesitados.

En el lugar elegido no habían aparecido los establecimientos yerbateros que hoy lo caracterizan y estaba habitado sólo por unos pocos colonos dispersos que explotaban pequeñas granjas de subsistencia. Santo Pipó está ubicado sólo a ochenta kilómetros de Posadas, pero entonces no había caminos y los oficinistas del Ministerio no sabían cómo se llegaba. Un empleado de limpieza tenía conocidos en la zona y, tras algunas gestiones, solucionó el problema:

– Lo mejor es ir por el río Paraná. Lo va a estar esperando en el embarcadero don Martín Barrios, con una bandera argentina para que puedan identificar el lugar. Tenga cuidado con sus hijas, son muy bonitas.

Barrios recibió con alegría a mi abuelo y lo condujo al lugar elegido para levantar la escuela, abriendo la senda con un machete. Era el líder natural del paraje, un labrador que plantaba mandioca y otros productos de granja. Fue el impulsor de la radicación de la escuela y puso mucho empeño en el objetivo. Enseguida congenió con el joven maestro, formando una activa pareja de desigual altura: Barrios era alto y fornido, mientras Luis Romeo, más bien bajo, apenas le llegaba a los hombros. Levantaron un aula con paredes de madera toscamente aserradas y techo formado por hatos de paja. Entre los primeros asistentes estuvieron algunos de los diez hijos e hijas de Barrios y, como era de esperar, en poco tiempo Luis Romeo se casó con Antonia, la mayor de las hermanas, mi abuela materna, entonces con apenas 14 años.

A la tarea pedagógica del pionero maestro, dadas las circunstancias se sumaron otros cometidos. Como solitario representante del poder público y la única persona que sabía leer y escribir, rápidamente asumió otras responsabilidades en la progresiva integración de la zona a la vida civilizada. Mi abuelo asumió con alegría ese papel, o más bien se lo fabricó. Mi madre lo explica con sencillez:

– Los ideales de Papito se cumplieron plenamente en Misiones. El creía que la Humanidad estaba destinada a progresar gracias a la inteligencia que nos regaló Dios, aprovechada mediante la educación. Las personas más favorecidas, como él, tenían la obligación de trasmitir sus conocimientos a quienes, por la desigualdad que imperaba en el mundo, no habían tenido las mismas oportunidades.

Predicando con el mejor método educativo que poseen las personas de bien, su propio ejemplo, con inclaudicable sacrificio, sin tomarse vacaciones y sin cobrar sus sueldos por varios meses, Luis Romeo condujo durante ocho años el nacimiento de un verdadero pueblo organizado. Santo Pipó lo recuerda como uno de sus héroes.

Luego fue trasladado a Gobernador Roca, pueblo cuyo nombre hace honor al primer gobernador de Misiones, Rudecindo Roca, hermano de Julio Argentino y promotor de las colonizaciones europeas de Misiones. Allí nació mi madre, Inocente Estela Romeo, el 29 de octubre de 1921. Junto a su hermano mayor, Luis Romeo (hijo), y sus dos hermanas, tuvo el privilegio de crecer alimentándose de la cultura y la ética paterna, a la que se sumó la piedad y la religiosidad de su madre. En 1930 la familia se trasladó a Corpus Christi, un poblado en cercanías de la misión jesuítica del mismo nombre, cuyos vestigios aún se conservan. Allí don Luis ejerció como director de la escuela primaria hasta su jubilación.

Regularmente viajaba a Buenos Aires para no perder el contacto con sus amistades y mantenerse al día con las novedades culturales. Durante décadas escribió notas firmadas sobre educación, filosofía, música clásica y letras en La Nación, La Razón y varios diarios regionales. Prologó libros y dio conferencias en ámbitos tan disímiles como universidades y pueblitos perdidos en la selva. Mi madre cuenta:

– Tenía una biblioteca enorme, con todo lo que había publicado sobre filosofía y religión. También escribía mucho, llenaba su escritorio de páginas escritas a mano. Pero era muy desordenado, nunca se concentró en escribir un libro… Qué lástima, porque seguramente podría haber sido reconocido como un gran filósofo.

Mi padre también expresa la admiración que le despertaba su suegro:

– Nos encontrábamos cada dos o tres años, la mayoría de las veces nosotros viajábamos a Corpus, pero él también vino varias veces a Cutral Co. Charlábamos mucho, a mí me interesaba aprender algo de todo lo que sabía, de sus pensamientos sobre la cosas y sobre la vida. Aprendí mucho de Papito, fue una de las personas que más influyó en mi manera de ser. Lo más importante que me enseñó fue a escuchar. “Todas las personas tienen algo importante para trasmitir”, me decía, “experiencias que son únicas, conocimientos útiles…, hay que escuchar”.

Mi comentario:

– Me acuerdo de que en Corpus se sentaban al lado del tocadiscos de Papito y mientras escuchaban música clásica charlaban horas. Pero también discutían mucho, yo tendría diez años, no recuerdo sobre qué temas.

– Discutíamos sobre política, él no era peronista. Pero nunca nos enojamos, al contrario bromeábamos mucho; yo le decía que los españoles eran un poco brutos, que lo poco que sabían se lo habíamos enseñado nosotros los árabes. Medicina, física, astronomía, todo. Al principio le daba bronca, pero después se reía. Yo le decía que los “gallegos” aprendieron todo de los “turcos”, ¡menos a lavarse las patas y a cantar!

Recuerdo nítidamente a Papito, porque mi madre quería que mi hermana Silvia y yo conociéramos el ambiente misionero que tanto ama. En 1957 cursamos el cuarto grado de la escuela primaria en Corpus y vivimos una experiencia que revalorizo con los años. Conservo su imagen: desde su corta estatura, con su traje cruzado y su eterno cigarro de hojas de tabaco en los labios, desplegaba un magnetismo irresistible. En cualquier circunstancia se erigía en el centro de atención. Se paraba con los pies abiertos para parecer más alto, elevaba su mentón y hacía sobresalir majestuosamente su nariz aguileña. Lo que más me llamaba la atención era el brillo de sus ojos en permanente movimiento, denotando la velocidad con que absorbía información y la procesaba. Cuando tomaba la palabra, todos escuchábamos en silencio porque hablaba un sabio.

Ya con casi noventa años, tuve oportunidades para contrastar mi cultura veinteañera, setentista y rockera con su inclaudicable clasicismo. Cuando me atreví a escuchar discos de jazz en su tocadiscos, protestó:

– Esa música es horrible. Sólo chiqui pum, chiqui pum, ¿dónde está la melodía?

– Abuelo –protesté-,  el jazz es una mezcla de ritmos africanos con elementos e instrumentos europeos. Tiene mucho de español, del flamenco, que tiene herencias árabes muy fuertes.

– ¡El flamenco! Eso no es de Castilla, no es música, es nada más que gritos insoportables… Espero que no tengas discos de flamenco.

En otra oportunidad lo escuché contar maravillas de su país natal, en un encuentro de vecinos en la escuela de Corpus. El director lo acicateó:

– Don Luis, está macaneando, no pueden existir tantas maravillas en un solo país.

La respuesta:

– M´hijo, Dios no nos permite mentir. Pero está permitido ornar la verdad.

Mi abuelo materno falleció a los noventa y siete años en su casa de Corpus, rodeado de sus descendientes. Dejó un legado inspirador que, afortunadamente, alcanzó a Neuquén.

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El ideario paterno prendió fuerte en quien sería mi madre, que dirigió su destino al lugar elegido, Neuquén. Ella misma lo explica así:

– Cuando en 1907 Papito pidió enseñar en Neuquén o en Misiones, le dijeron que en la Patagonia no había vacantes. Yo me hice la ilusión de cumplir con ese sueño. Esperé varios años, rechazando otras posibilidades, con la esperanza de que saliera algún cargo en Neuquén. Por fin, en 1946, cinco años después de obtener el título de maestra, apareció la nueva escuela de Cutral Co, la Nº 119. Yo quería ir a Junín o a San Martín de los Andes, por los lagos y los bosques, pero cuando se dio la oportunidad ¡no dudé ni un instante! Sabía muy bien adonde iba, a un pequeño pueblo en medio del desierto, pero esa era mi promesa, hacer lo que hubiera hecho Papito.

Así fue como Inocenta Estela Romeo Barrios llegó a los médanos de Cutral Co. Iluminó a mi padre con su belleza, adornada por aquella minifalda que Felipe recuerda con una sonrisa y, a los 85 años, nos sigue iluminando con el amor que prodiga a hijos, nietos y bisnietos, con su serena sabiduría, herencia castellana y misionera.

Y también nos ha iluminado con su coraje. Cualquier madre se hubiera desmoronado ante las tremendas e inenarrables situaciones que enfrentó en 1976: exhumar, en el lapso de pocos meses, a dos de sus hijos de tumbas N.N. La vi levantar el cuerpo de Caíto y limpiar amorosamente su rostro y los orificios de no sé cuántas balas. Vi su cara profundamente seria, aún sin lágrimas, y escuché sus plegarias. Después la vi rezar junto al féretro de Enrique y allí tuve una medida de sus fuerzas. No sólo no se cayó, sino que, después de llorar a sus hijos, transformó su martirio en nuevas fuerzas, renovando la lucha, junto a su marido, por los ideales de Caíto y Enrique, compromiso que sostendrá, como Papito, hasta el fin de su vida.

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El nacimiento de una nueva cultura política

La pareja de Felipe y Chela se ha mantenido unida por más de sesenta años. Fundamentaron esa solidez en el Cutral Co de los años 40, el que combinaba la escasez de recursos y la falta de agua con la garra y las esperanzas de sus pobladores. La lucha por convertir Cutral Co en un lugar aceptable para la vida en sociedad de sus habitantes fue una de las experiencias que forjaron el nacimiento de la cultura política del MPN originario. En particular, la historia del agua potable fue épica; recuperada por Felipe Sapag, se revela como una bella gesta popular:

– Cuando yo era intendente de Cutral Co, en la época del segundo gobierno de Perón, se había formado el Comando Táctico Peronista de Neuquén. Lo integraban el gobernador, el delegado interventor del Partido Peronista y los pocos intendentes que habíamos sido elegidos por el voto popular. El Comando tenía la obligación de reunirse en las localidades, alternando con las reuniones que hacía a nivel provincial, para poder evaluar los problemas y las necesidades de cada lugar. También, por supuesto, para ver cómo iba la cuestión política. A Cutral Co vinieron una vez o dos veces… En esas reuniones, que se hicieron en la sede de la intendencia, yo les reproché cómo era posible que una población con más de diez mil habitantes no tuviera agua, no tuviera gas, no tuviera luz… que no tuviera ninguno de los servicios indispensables para la vida, ¡qué no hubiera un médico!, que la escuela la habían construido los vecinos… Que el Comando Táctico estaba formado en función de las próximas elecciones, pero para ganarlas teníamos que hacer algo para solucionar esos problemas. Dije todo eso la primera vez, la segunda insistí, ya con bronca: ¡cómo podía ser todo eso, con YPF al lado, con casas en el Campamento Uno que tenían luz y gas! Y el administrador paseándose con coche con chofer, mientras los pobladores de Cutral Co, los humildes trabajadores de Perón, nos moríamos de frío, y eso que éramos los que trabajábamos en los pozos, los que sacábamos el petróleo. Así fue la cosa, nunca me contestaron nada concreto, pero al tiempo vino una orden del mismo Perón, que a mí no me comunicaron. Me enteré por el capataz del municipio que la gente de YPF había descargado un equipo muy grande al lado del tanque de agua que tenía el pueblo, ese que había hecho Elías en el alto. El capataz había conversado con el inspector de la obra que mandaron a hacer, pero no le dijo de qué se trataba. Dejaron las máquinas ahí, se fueron y no me dijeron nada, no le comunicaron nada al municipio. Traté de averiguar en YPF; el administrador, [Eugenio] Dalton, era inalcanzable, no me atendía porque yo había tenido varias peleas con él, hasta que un ingeniero me dijo que los equipos eran el núcleo de una central de bombeo. Era un complejo que se podía conectar con diez pozos, tenía un mecanismo de conos que giraban haciendo bombear alternativamente dos o tres pozos a la vez, mientras dejaba que los otros se recuperaran. Era algo formidable, un espectáculo, yo nunca había visto algo así. Pero para ponerlo en marcha no tuvimos el apoyo de los directivos de YPF, se ve que quedaron molestos porque desde Buenos Aires me habían mandado el equipo. No podía poner en marcha el sistema, nadie me daba las instrucciones, nos hacían el vacío… Así que me fui a ver al gobernador, le conté y se comprometió a averiguar. Como a la semana me informa que le habían dado orden a YPF que instalara la central, que se había contactado con el administrador y que habría colaboración. Entonces apareció un ingeniero que me preguntó si teníamos hechos los pozos, le contesté que no, que nadie nos había indicado que había que hacer los pozos, dónde, cómo, con qué equipos… Me dijo que nos ayudaban, pero nosotros teníamos que perforar; en otras palabras, siempre poniendo dificultades. ¡Cómo íbamos a perforar nosotros, que no teníamos equipos y ni sabíamos nada! Pero se me ocurrió la solución: le hablé a Lino Lapadú, un jefe de pozo, un amigo que vivía en Cutral Co, y enseguida se puso a disposición. Me contó que había un equipo de exploración para hacer estudios, que tenía capacidad para perforar hasta 200 metros nada más, no servía para hacer pozos petroleros, pero para agua sobraba. Si le daban esa máquina y le decían dónde perforar, él me hacía los pozos. Fui a verlo al ingeniero con todo resuelto, le dije que la central la tenían que montar en la continuación hacia arriba de la calle Alberdi, que es la calle en la que después se instaló la Municipalidad. Bueno, vinieron, marcaron los lugares, Lapadú perforó ocho pozos sin problemas y por fin instalaron la central…

– ¿A Lapadú lo contrató la municipalidad o le pagaron el trabajo en YPF? – Pregunté.

¡Noooo, no! Lapadú lo hizo gratuito, así era la gente de Cutral Co. El buscó todos los elementos, se movió por todos lados para conseguir las cosas…, era un león. Ojalá quedaran tipos como él. Siempre iba a tomar mate al escritorio del negocio, era de la gente amiga. Bueno, en un par de meses hicimos los pozos, quedó todo listo, pero resulta que no había adónde llevar el agua porque no teníamos cañerías. Entonces empezamos a hacer la red domiciliaria, con la troncal que bajaba por la calle Alberdi, que resultó que era arenisca… ¡una arenisca durísima! De esa que le pegaban veinte picotazos y el pico ya se gastaba, ¡increíble! Con el personal de la municipalidad no podíamos, teníamos poca gente, sólo unas diez personas… hubiéramos tardado meses en hacer la zanja. Así que me tomé el trabajo de ir por la calle Alberdi a cada vivienda, desde la avenida del Trabajo para arriba, diciéndoles a los vecinos que teníamos la central instalada, que podía haber agua, pero que necesitaba su ayuda para que hiciéramos la zanja, que las herramientas se las daba yo. ¡Todos dijeron que sí! El capataz y los obreros municipales se pusieron al frente y le metimos. Yo me levantaba temprano todos los días para ver cómo iba el trabajo, su mamá me cebaba el mate a las cinco de la mañana. A la semana de que habíamos empezado, fui a ordenar unos papeles a la oficina y como a las nueve voy a la obra. ¡Usted sabe que había como doce o quince mujeres con el pico y la pala! Se pusieron a trabajar  ellas porque los maridos estaban en los pozos. Cuando volvían, los varones hacían el esfuerzo, pero ellas… Ahí, le confieso, Luis, que me largué a llorar…, me largué a llorar. ¡Hicieron la zanja en menos de un mes! Después, para llevar los ramales por el resto del pueblo no hubo problemas. Bueno, era otra clase de Neuquén, la gente no pedía que le dieran todo hecho, la casa, los servicios… se ponían ellos a hacer las cosas. No se solucionó completamente el problema del agua, pero mejoramos mucho, casi desapareció el aguatero. Lamentablemente, en Cutral Co pasa algo raro, los pozos se agotan después de un tiempo, les llamaban cuencas sin recuperación. Así que más adelante hubo que hacer más pozos, pero ya había más recursos. Bueno, lo hicimos… Hicimos la red con unos tubing que le sacamos a YPF. Eran unos tres mil metros de caños de origen italiano, que vinieron con la rosca defectuosa, así que antes de tirarlos me los dieron.

– Bueno, entonces no serían tan tacaños los de YPF -comenté.

– Eran muy egoístas, elitistas. Para que se dé cuenta cómo eran… desalmados, le cuento una historia de esa época, de antes de que trajeran la central de bombeo, para que vea lo separatistas que eran. Un día aparece en la Comisión de Fomento un carro con una enferma muy grave. La traía el marido, estaban desesperados. Tenía hemorragias terribles por un embarazo con problemas. Eran crianceros de los muchos que habitaban los alrededores de la zona, muy humildes. El señor me pidió ayuda porque había ido al hospital de YPF en Campamento Central, el único que había en la zona, y no la quisieron atender. Hablé al hospital desde el teléfono de la Policía y me dijeron que no podían atenderla. ¡Pero es un caso urgente, les dije yo, se va a morir! No hubo caso, decían que recibían órdenes. Lo llamé a Dalton, el administrador de YPF y no me quiso atender. Igual yo me comuniqué otra vez al hospital y les dije que mandaba un auto con la enferma, que si había que pagar, la Comisión de Fomento pagaba. La llevamos pero no la atendieron los hijos de… ¡La mujer se murió con la criatura, que los parió! Hice un escándalo, moví cielo y tierra, denuncias en la Policía, mandé telegramas a la gobernación, al Partido Peronista, a todos lados. Finalmente echaron a todos los directivos del hospital. No sé lo que le habrán dicho a Dalton, no lo llegaron a echar pero parece que lo tuvieron muy mal, porque yo denuncié que lo había llamado y no me dio pelota. ¡Un quilombo bárbaro se armó! Me tenían un odio tremendo porque yo les rompía la tranquilidad.

Recordé un detalle:

– Ese Dalton, ¿era el administrador medio oligarca con quien usted una vez discutió en el Salón de los Obreros?

– Sí, pero no fue una discusión, sino… le cuento. Cuando lo trasladaron a otro destino, estando yo todavía en el municipio, los petroleros le hicieron un homenaje en el Salón del Obrero. Se ve que le habían sacado bastantes cosas, o que había cambiado para bien, no sé. Yo creo que era un oligarqua que cuando cambió el gobierno se disfrazó de peronista para seguir en el puesto. En esa ocasión me hicieron hablar, yo no estaba preparado para un discurso… ¡pero no pude menos que decirle lo que pensaba! Empecé diciéndole que le agradecía todo el apoyo que nos permitió tener la central de bombeo y otras mejoras, que habíamos empezado la relación de una manera muy difícil, refiriéndome, sin nombrarla, a la situación de la señora que había fallecido sin ser atendida, pero que era evidente que los obreros le reconocía su actuación porque había una evolución en su persona y también en YPF. Entonces, en nombre de esa nueva forma suya de ser, le pedí que le recomendara a su sucesor en Plaza Huincul y a sus superiores en Buenos Aires que nos respetaran, que tuvieran consideración por la gente de Cutral Co, que también era de YPF, que estaba al servicio de YPF, que amaba a YPF. Que todos los seres humanos éramos iguales y que los más humildes eran siempre los más dispuestos al sacrificio, y que les dijera a sus superiores que siempre podrían contar con nosotros, pero siempre que nos consideraran en pie de igualdad. Bueno, los muchachos me aplaudieron sin parar, de pie, ¡qué sé yo, como diez minutos! El tipo no dijo nada, sonrió, agachó la cabeza y se quedó callado. Me parece que le amargué el homenaje… pero dije lo que me salió del alma.

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La fuerza del federalismo neuquino

El discurso que desde esa realidad petrolera y pueblerina maduraron los fundadores del MPN originario, en particular los hermanos Sapag, es una de las claves del ascenso del Movimiento Popular Neuquino. Era un mensaje nacido de la moral y el imaginario libanés, traducidos en la experiencia de la dura lucha por la supervivencia en el Neuquén de tierra adentro, cuyos contenidos abrazaron sus receptores, primero los dirigentes obreros y políticos, después la mayoría de los neuquinos. Las arengas que escuché en aquellas décadas fundacionales podrían perfectamente resumirse en los siguientes pasajes, que recreo ateniéndome a la fidelidad casi absoluta de mi memoria:

– “Neuquén ha sido olvidada por las autoridades nacionales desde la llegada del General Roca. A los poderes de la Pampa Húmeda sólo les interesa nuestro petróleo, nuestro gas, nuestros recursos hídricos y nuestras bellezas naturales. El centralismo no está interesado por nosotros, la gente que durante décadas sostuvo la soberanía nacional soportando el frío y en el viento de la cordillera.”

– “No traemos recetas mágicas importadas desde el extranjero o la Capital Federal. Representamos el genuino federalismo que necesita la gente para resolver sus problemas.”

– “Hemos crecido, somos como un joven que se ha puesto los pantalones largos y ya no necesita del cuidado y menos de las órdenes de sus mayores. A Neuquén la vamos a dirigir y a construir nosotros, sin tutelas de los de afuera, ya que el centralismo ha demostrado su fracaso a través de toda la historia de Neuquén.”

– “No recibimos órdenes ni desde Madrid ni desde Buenos Aires. Somos justicialistas, pero acá el justicialismo es distinto que en la Pampa Húmeda. Somos los que interpretamos el verdadero ideario del peronismo. Por eso a las banderas de Soberanía Política, Independencia Económica y Justicia Social le hemos agregado otra que hace falta: el Federalismo. Porque sin sensibilidad ante las condiciones misérrimas de nuestra población no se puede obtener Justicia Social; sin la defensa inclaudicable de los intereses de Neuquén no se puede hacer la Independencia Económica; y sin el protagonismo de quienes nacimos en esta tierra olvidada y humillada, la Soberanía Política sería una palabra hueca.”

– “Somos capaces de hacer las cosas mejor que los porteños y los burócratas de la Pampa Húmeda porque conocemos nuestros problemas y sabemos cómo solucionarlos.”

– “No pedimos ni ayuda ni lástima, sólo libertad e igualdad.”

“Nosotros”, “centralismo”, “Neuquén olvidado”, “defensa de nuestros recursos”, “intereses contrapuestos de la Pampa Húmeda”, “vienen por nuestros recursos naturales, no por solidaridad hacia nosotros”, “nuestra propia capacidad para resolver nuestros propios problemas”, palabras que tuvieron la fuerza y la capacidad de convertirse en consignas políticas eficaces para llegar al poder, porque significaron esperanzas y realidades concretas para los receptores. ¿Quiénes eran “nosotros” y quiénes eran los receptores de la innovadora propuesta, un justicialismo descentralizado, con voluntad de crecer con independencia ideológica y operativa?

“Nosotros” involucraba a todos los neuquinos pobres y desposeídos, pero también definía, por omisión, a “los otros”: si bien los Sapag no utilizaron la designación de “oligarquía” para las clases altas neuquinas, es evidente que ellas estaban fuera del “nosotros”. Esos sectores se expresaban a través de los partidos tradicionales: las distintas versiones de la Unión Cívica Radical y los partidos Demócrata Progresista, Demócrata Cristiano y Conservador. También parte del peronismo y las fracciones de izquierda quedaban parcialmente afuera: “nosotros” incluía a sus bases, pero no a muchos dirigentes que seguían el modelo centralista.

Una vez le pregunté a don Felipe:

– Papá, ¿en qué momento, en qué circunstancias los fundadores del MPN se refirieron a sí mismos como “nosotros”?

Luego de meditar unos segundos, con su típico gesto de pasarse una mano por la cabeza, contestó:

– Y… después de las dos huelgas grandes, la de los petroleros y de los ferroviarios. Más o menos por 1960, cuando nos reuníamos y discutíamos sobre lo que estaba pasando en el país y lo que habíamos hecho nosotros en Neuquén, que era distinto al resto del peronismo nacional.

– Bueno –insistí, tratando de precisar-, pero ¿quiénes eran “nosotros”?

– Habíamos formado un grupo de dirigentes de distinta extracción, pero que actuábamos en conjunto. Primero, los ex intendentes de las ciudades y pueblos del interior, algunos de ellos hijos de libaneses, que conocíamos la realidad de cada lugar y sabíamos cómo movernos. Enseguida aparecieron, muy importante, los sindicalistas, principalmente los de YPF, con quienes vivíamos y compartíamos la realidad de Cutral Co y Plaza Huincul, pero también los ferroviarios, muy luchadores. También se arrimó una parte de la estructura del peronismo, aunque no todos los dirigentes, porque algunos seguían a rajatabla la directivas del delegado de Perón en la Argentina.

– Cuando dijo “nosotros” pensé que se refería a la gente humilde que votó al MPN, incluso la que no lo votó, pero sufría la pobreza, la exclusión y la falta de oportunidades.

– Claro, pero éramos parte de esa gente. Estábamos un poco más capacitados, con más experiencia, pero nada más. Teníamos el mismo origen. Desde que mi abuelo y mis padres llegaron a Neuquén integrábamos la parte humilde de la población. Yo creo que por eso la gente nos creyó, puso su fe en nosotros, porque no veníamos de afuera a dar instrucciones, sino que sabíamos lo que había que hacer. Nos mirábamos a los ojos y todos sabíamos que éramos parte de lo mismo.

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Un diálogo reciente:

– Después de tantos años, ¿qué piensa de la gente que lo acompañó en política? Muchos fueron buenos compañeros, eficientes y leales. Otros, no tanto…

– Yo creo que, en general, elegí bien a los funcionarios. Pero algunos… Lo que pasa es que los cargos, tener la manija, cambia a mucha gente. Yo he visto a muchachos que salieron de chozas de barro, que eran capaces, que habían sido humildes, pero cuando tuvieron un poco de poder, secretaria, teléfono, automóvil, chequera del gobierno, se enloquecieron. Primero cambiaban de forma de vestir y después cambiaban de mujer, ese era el síntoma clavado. Si se lo veía en auto nuevo y salía de juerga, ¡listo!, estaba perdido –risas–. Sí, ocurría muy frecuentemente. Y ocurre, supongo…

– Muchos también cambiaron la orientación política.

– Sí, porque esa clase de gente, los que entran en política por un deseo muy grande de poder, en general no tiene convicciones. Acomodan sus ideas a las del que cree que va a ganar las próximas elecciones. Si después cambia la cosa y aparece otro gobernador, bueno, ellos también cambian… Qué vamos a hacer, así es el mundo. Pero siempre hay algunos que son honestos, son los que piensan en sus semejantes, los que hacen avanzar a la provincia.

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El MPN originario nació cuando nuevas realidades productivas habían vuelto más complejo el escenario neuquino: la agricultura intensiva para la exportación en el Alto Valle y la extracción de petróleo, con poca industrialización, en Plaza Huincul. Cuando el siglo pasado doblaba el codo de los años 50, había madurado un escenario social proclive al cambio. La falta de iniciativas de un Estado provincial débil y sin proyectos, la frustración del atraso económico y tecnológico, la falta de esperanzas que provoca la miseria y el desamparo, la inercia de una provincia sin futuro, fueron rotas por un hecho clave. El detonante que rompió la tendencia nació de un proceso microsocial y familiar: la presencia política de los hijos de Canaán y Nacira, “turcos” devenidos “califas”, que se inspiraron en la cultura libanesa y desde su pequeña historia personal cambiaron la historia grande de Neuquén. La confianza en la identidad local, apoyada en las tradiciones heredadas, dotó de claridad a los proyectos políticos del MPN originario, proyectos construidos de manera autónoma que no necesitaron legitimarse en ninguna autoridad externa y que encontraron en la cultura vernácula la fuerza del “nosotros”.

Para dimensionar el cambio, un ejercicio mental contrafáctico puede ayudar. Si los conductores del Estado provincial no hubieran conformado una red espontánea con paisanos del interior, obreros de empresas nacionales y líderes locales con ideas propias, sino con los actores tradicionales, criollos hacendados y descendientes poderosos de inmigrantes europeos, seguramente Neuquén hubiera transitado por otros derroteros. Un grupo así, representado por dirigentes criados y culturalizados en la ideología dominante del gran puerto y la Pampa Húmeda, no hubiera atinado a crear proyectos distintos al de la Argentina dependiente de los mercados internacionales. Todo hubiera sucedido según la tendencia de los ochenta años de atraso del Territorio y Neuquén habría continuado despoblada, con bajísimas tasas vegetativas y con pésimas condiciones de salubridad.

Probablemente los neuquinos contemplaríamos con envidia el crecimiento de General Roca, Bahía Blanca y la Capital Federal, procurando imitar en pequeño algunas de las maravillas tecnológicas y culturales que nos ofrecería una lejana modernidad. Neuquén capital sería un pequeño pueblo, más chico que Cipolletti, tal como era en el momento que Felipe Sapag asumió la gobernación. El analfabetismo y la mortalidad infantil habrían disminuido, aunque a valores similares a las medias nacionales, es decir, mucho más altos que los que hemos conseguido por esfuerzo propio. Quizá no tendríamos ninguna universidad estatal y con seguridad habría muy pocas escuelas secundarias en el interior. Los mapuches estarían prácticamente extinguidos, en reservas totalmente aisladas y sin servicios dignos de educación y salud. En fin, Neuquén sería un pobre, intrascendente y atrasado patio trasero de la provincia de Río Negro, como lo era en 1950.

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Un tema insoslayable, que marcó la vida de toda la familia: la gesta de mis hermanos Ricardo y Enrique, que hace treinta años dieron su vida en la lucha por sus ideales. Me es imposible describir los sentimientos de mis padres, un dolor que permanece, que no se hace pasado, que, paradójicamente, ha adquirido un sentido de presente y futuro para ellos.

Cuando mis hermanos eligieron la lucha armada y la clandestinidad para expresar su inmensa capacidad de sacrificio por los pobres y los desposeídos, Felipe y Chela hicieron enormes esfuerzos para recuperarlos con vida; entre otras acciones, se reunieron varias veces con ellos en secreto y viajaron a España para entrevistarse con los jefes de Montoneros. Mi padre convenció a Mario Firmenich de que tener a sus hijos en el frente de batalla era demasiado riesgoso, puesto que la inteligencia de la dictadura los conocía y seguramente estaría sobre sus pasos. Se dio la órden de sacarlos de la Argentina, pero fue tarde: Caíto fue detectado y cayó peleando con valentía. Ante la desgracia, Ique fue intransigente: si Caíto no huyó, él tampoco lo haría, continuaría peleando, pues era la única forma de hacer honor al sacrificio de su hermano. Fatalmente, a los pocos meses Ique también fue abatido, tambien enfrentando su implacabe destino con infinita valentía.

Mucho se ha escrito sobre ellos y a mí me cuesta agregar algo. Sólo se me ocurre rescatar algunas de las reflexiones de mi padre:

– Cuando Ique y Caíto tomaron la decisión de la lucha armada, su mamá y yo tratamos de convencerlos de que podían ayudar a los desposeídos por medios pacíficos. Pero estaban completamente convencidos de que el sistema se mantenía mediante la violencia y sólo con violencia podría ser reemplazado. Les decía: “Yo también lucho por los mismos objetivos, pero creo que se pueden cambiar las cosas de otra manera”. Su mamá les rogaba: “Por favor, chicos, no usen la violencia“. Ellos le contestaban: “El hambre de la gente es la peor violencia”. No hubo caso, estaban decididos. Yo sabía que no los podía detener, porque ese es el espíritu que siempre tuvieron los Sapag: cuando nos convencemos de algo, somos capaces de dar todo por lo que creemos, hasta la vida, si fuera necesario […]. La inmolación de los chicos nos cambió la vida, nos obligó a seguir bregando. Yo ya estaba retirado de la política, entonces me decidí a continuar luchando por los principios de Caíto y Enrique, por la justicia social, de la única manera que sabía hacerlo. Su mamá, que tiene una fuerza increíble a pesar de que parece frágil, como siempre, me acompañó. Así volví a organizar el partido en el 82 y entonces, ya viejo, regresé al ruedo.

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Con más de 90 años, Felipe Sapag es una asombrosa síntesis de historia y frescura intelectual. Se mantiene sano y sigue siendo útil a la comunidad neuquina, participando de fundaciones y emitiendo opiniones. Junto a Chela forman una pareja vital y en su casa todos los días se reúnen hijos, nietos, bisnietos, amigos, ex adversarios, periodistas y admiradores para escuchar sus sabios consejos, recordar el pasado e imaginar el futuro. Ya casi no le quedan antagonistas políticos, porque casi todos le reconocen el valor de su paso por la actividad pública. Su legado político seguirá vigente no sólo por la irrefutable realidad de las obras y de su visión de futuro, también por el contenido moral del ejemplo político y personal.

“Ojalá” es una palabra del español que proviene de una frase mudéjar: “Que Dios así lo quiera”.